. Eudes Navas-Camacho
La aurora de los próximos
quinientos años en Santa Ana de Coro la tenemos frente a nosotros. Ahora
hagamos que florezca. Como las aguas, dejémosla que corran, siempre lo harán en
su favor y esta es nuestra idea, ir a favor de lo naturalmente necesario. Una
ciudad es necesaria, la propia más.
Tengamos en cuenta esto: Hay
ciudades que se agotan en su propio plano. Uno puede recorrerlas de un extremo
al otro y, al final, solo ha cambiado de esquina. Tienen calles, edificios,
nombres, plazas y alguna que otra estatua que recuerda a alguien que casi nadie
tiene en cuenta. Son ciudades que terminaron de ocurrir hace tiempo y que,
desde entonces, se dedican a administrar su pasado.
Así, hay otras ciudades que se niegan
a terminar. Si, ciudades que, aun cuando parecen dormidas, continúan haciendo
preguntas debajo de las piedras. Ciudades que esconden una conversación en el
patio de una casa, una música detrás de una ventana, una palabra que pasa de
una generación a otra sin que nadie sepa exactamente quién la puso allí.
Ciudades que, cuando uno cree conocerlas, se sacuden el polvo, cambian de luz y
vuelven a empezar.
Santa Ana de Coro pertenece a esa
segunda especie. Y por supuesto, Coro no es solamente una ciudad antigua.
Tampoco es únicamente la primera ciudad de Venezuela, ni una pieza excepcional
del patrimonio histórico, ni una colección de casas de tierra, puertas, patios,
iglesias y calles que el tiempo ha querido conservar a su manera. Todo eso es
cierto, pero no alcanza. Coro es una posibilidad. Y quizá ese sea el asunto que
más nos importa cuando nos acercamos a sus quinientos años. Porque una ciudad
puede cumplir quinientos años y seguir siendo joven en aquello que
verdaderamente importa: en su capacidad para imaginarse. Puede tener siglos de
memoria y, al mismo tiempo, encontrarse apenas en el comienzo de su verdadera
historia.
Para Santa Ana de Coro se marca su
fundación, o mejor decir, nació en julio de 1527, en un tiempo en que el mundo
todavía estaba aprendiendo a nombrar aquello que después llamaríamos América.
Nació bajo la complejidad de una historia que nunca fue sencilla: la raíz
ibérica, los pueblos originarios, el Caribe, las rutas comerciales, las
ambiciones imperiales y aquella presencia alemana de los Welser que vino a
agregarle a esta esquina del mundo una dosis particular de extrañeza.
Coro no nació en el centro de las
grandes cortes ni a la sombra de una riqueza fácil. Nació en el cruce. En el
intercambio. Si, nació en el puerto. En el camino y quizá algo de aquello
permanezca todavía en nosotros y habrá que averiguarlo o quizás, por lo fuerte
de la tarea o condiciones, debamos aupar a que se haga, porque hay lugares cuyo
destino parece estar escrito en la piedra, mientras que otros reciben de la
historia una especie de inquietud permanente.
Coro pertenece a estos últimos.
Su identidad nunca fue completamente cerrada. Ha sido española y americana,
europea y caribeña, continental y marítima, desértica y solar, tradicional y
sorprendentemente abierta al mundo. Ha sido llamada además Ciudad Mariana,
nombre de mujer que significa, más allá de su consagración religiosa a la
Virgen María, “elegida por gracia”, detalle hermoso que no se debe
soslayar.
La ciudad mariana de Coro siempre
ha tenido algo de frontera. Y las fronteras, cuando no se convierten en muros,
son lugares extraordinarios para crear. Llegamos a los quinientos años con una
mezcla extraña de orgullo y cansancio. Tenemos razones para celebrar, pero
también razones para preocuparnos. Tenemos un patrimonio que el tiempo no ha
conseguido borrar y una vida cotidiana que muchas veces parece empeñada en
convencernos de que todo está perdido.
Tenemos una ciudad que ha
resistido terremotos, sequías, crisis, migraciones, olvidos, errores políticos
y temporadas enteras de indiferencia. Y, sin embargo, aquí estamos. Tal vez esa
sea nuestra primera riqueza. Estamos. Seguimos aquí, pero para un coriano estar
no basta. Una ciudad no se salva solamente porque sus habitantes se nieguen a
abandonarla. También necesita producir razones para quedarse, razones para
volver y, sobre todo, razones para imaginar que quedarse puede valer la pena. Por
eso mirar a Coro en este momento exige sacudirse dos tentaciones igualmente
peligrosas: la nostalgia y la queja.
Que no se olvide que La
nostalgia convierte el pasado en un museo. Tampoco olvidar que La queja
convierte el presente en una condena. Entre ambas, una ciudad puede quedar
atrapada. De ninguna manera queremos eso, como no queremos una Coro que pase
los próximos años mirando fotografías de lo que fue. Tampoco una Coro que pase
el tiempo enumerando todo aquello que le falta. Queremos una ciudad capaz de
mirar sus faltas sin quedar definida por ellas; capaz de reconocer sus heridas
sin convertirlas en identidad; capaz de recordar lo que perdió sin renunciar a
aquello que todavía puede crear. Porque una ciudad no se reconstruye solamente
reparando paredes.
A veces hay que reconstruir
primero la mirada. Es lo que está en estas líneas. Aquí aparece para toda una
palabra que todavía estamos aprendiendo a decir: La Corianía. No es
simplemente una identidad local. No es una bandera, un gentilicio ni una manera
simpática de decir que somos corianos. La Corianía es otra cosa, es: una
disposición del espíritu; si, una manera de estar en el mundo desde Coro. Es
reconocer que amar una ciudad no consiste en repetir que es hermosa, histórica
o patrimonial. Amar una ciudad es hacerse responsable de aquello que puede
llegar a ser, por lo que hacemos y vertimos. La Corianía es, por eso, una forma
superior de amor y servicio al desarrollo de lo mejor del hombre contemporáneo.
Y digo amor y servicio deliberadamente, porque el amor que no sirve termina
siendo una fotografía. Más, el servicio que no ama termina convirtiéndose en
trámite.
Por el amor de Dios, necesitamos
otra cosa: una voluntad creadora. Una forma de amor capaz de ponerse a
trabajar. Una forma de trabajo capaz de producir belleza y esta capaz de
despertar pensamiento, uno que no se conforme con explicar el mundo, sino que
quiera participar en su transformación. Quizá por eso resulta tan sugerente
imaginar a Coro como una especie de Viena del Caribe. No se trata, desde luego,
de copiar aquella Viena de Mozart, Beethoven, Haydn, Strauss, Schubert, Brahms,
Mahler. Sería absurdo. Coro no necesita disfrazarse de Europa para demostrar su
importancia. Tampoco necesita convertirse en otra ciudad para merecer el
futuro.
La comparación sirve para otra
cosa. Aquella ciudad fue, en determinados momentos de su historia, mucho más
que una ciudad hermosa. Fue un lugar donde diferentes sensibilidades
intelectuales y artísticas pudieron encontrarse y producir obra: música,
filosofía, literatura, arquitectura, pensamiento, conversación. Lo
verdaderamente interesante fue aquello que era capaz de hacer ocurrir. Eso es
lo que nos interesa, que palpe la juventud y disfrute el adulto. Que Coro pueda
convertirse en un lugar donde ocurran cosas.
La idea es que Coro sea el dónde
alguien llegue con una idea y encuentre a otro dispuesto a discutirla. Donde
un muchacho pueda descubrir que escribir un cuento también es una manera de
pensar. Donde una muchacha pueda entrar a un taller sin saber todavía qué
quiere hacer y salir sabiendo que quiere hacer algo. Donde un pintor encuentre
una pared, un poeta encuentre una plaza, un músico encuentre un patio, un
historiador encuentre preguntas y un ciudadano cualquiera descubra que también
puede producir cultura. Porque la cultura no es un adorno que se coloca sobre
una ciudad cuando ya están resueltos todos sus problemas.
En Coro, esta ciudad mariana de
estos primeros 500 años, ha tenido de eso en momentos: gente como esa que aúpa
y se alegra por el otro y sus obras. Por ello, pensar así ahora —porque siempre
hemos sido de gente culta y laboriosa a la vez— se ha hecho cultura y ha sido
la fuerza de esta ciudad. Aquí se ha comprendido que la cultura es una de las
maneras en que una sociedad descubre por qué vale la pena resolver sus
desafíos. Se ha sabido desde siempre que una ciudad sin pensamiento puede
construir mucho y comprender muy poco.
Una ciudad sin imaginación puede
administrar perfectamente su presente y perder completamente su futuro. Y,
claro, una ciudad sin arte puede sobrevivir, pero difícilmente sabrá para qué.
De allí nace Mariana; no la niña, sino el proyecto Mariana —como suelen
llamarlo—. No nace como una academia fría ni como un monumento de bronce. Es
más que una oficina o una institución que pretenda decirle a Coro lo que debe
ser. El proyecto Mariana nace, más bien, como una invitación: una mesa puesta,
un taller abierto, una conversación que quiere durar.
Su propósito es sencillo de decir
y difícil de realizar: crear condiciones para que la ciudad produzca obra,
pensamiento, encuentro y futuro. Por eso se organiza en tres grandes cauces:
una editorial, para que las voces de nuestra gente encuentren forma, oficio y
lectores; unos talleres nómadas, para sacar la creación de los espacios
cerrados y llevarla a plazas, barrios, patios, escuelas, calles y esquinas
—allí donde está la ciudad verdadera, la que no aparece en los discursos—; y
una red de amigos, porque ningún proyecto que aspire a durar quinientos años
puede depender únicamente de quienes lo comienzan.
Una ciudad pertenece a sus
generaciones. Y el verdadero éxito de una obra consiste, quizá, en conseguir
que quienes vienen después puedan continuarla sin tener que pedir permiso a
quienes estuvieron antes. El Proyecto Mariana quiere ser un puente entre la
memoria y la imaginación, entre el padre y el hijo, entre quien se fue y quien
decidió quedarse, entre quien ya hizo obra y quien todavía no sabe que puede
hacerla, entre la Coro que heredamos y la Coro que todavía no existe.
Hay, además, una historia íntima
detrás de todo esto: las ciudades también se heredan de padres. A veces un
padre no deja dinero, sino una manera de mirar que muchas veces viene con una
frase, o también puede dejarte un oficio. Lo consecuente ha sido que dejan el
ejemplo de haber querido una ciudad no con discursos, sino con obras. Entonces
uno comprende, muchos años después, que ciertas cosas que parecían pequeñas
eran en realidad semillas.
El Proyecto Mariana nace también
de esa memoria y de una relación con Coro que no quiere quedarse en la
contemplación sentimental de lo que fue, sino convertir el afecto en acción.
Tal vez esa sea una de las formas más hermosas de la herencia: recibir algo que
no está terminado y asumir la responsabilidad de continuarlo, no de repetirlo;
de no replicar el pasado, sino de continuar la conversación que deja el tiempo
generacional. Y aquí aparece el asunto verdaderamente importante: los próximos
quinientos años no están escritos, ni escondidos por ahí, tampoco están
esperando en un archivo, y menos pertenecen a los expertos, a los políticos, a
los empresarios, a los académicos ni a quienes hoy creemos tener la última
palabra.
Los próximos quinientos años
pertenecen también a ese muchacho que mañana va a escribir su primer poema. Son
para la mujer que abrirá un pequeño taller y para el artesano que todavía
trabaja con las manos. Del año 501 en adelante, el tiempo les será propio al
profesor que decide volver a entusiasmarse, al músico que toca en una plaza y a
quien conserva una fotografía familiar. Serán de quien se fue y sigue pensando
en Coro desde otra ciudad, del que volvió, de quien nunca se fue o de quien
todavía no ha nacido.
Esos venideros quinientos años
pertenecen a todos ellos. Y quizá ahí esté la verdadera responsabilidad de
nuestra generación: no alcanzar a ver esos quinientos años —eso sería
imposible—. Nuestra tarea es más humilde y, por eso mismo, más grande: dejarles
un buen comienzo. El futuro no empieza dentro de quinientos años; empieza en la
manera en que una sociedad decide mirarse hoy. Arranca cuando dejamos de
considerarnos únicamente herederos de una grandeza pasada y comenzamos a
reconocernos como autores de una grandeza posible. El futuro se hace ahora,
cuando el patrimonio deja de ser solamente algo que proteger y se convierte
también en algo desde lo cual crear. Sí, señor: empieza cuando la memoria deja
de mirar hacia atrás y aprende a empujar hacia adelante.
El futuro empieza cuando
entendemos que la belleza no es un lujo, que el pensamiento no es una
extravagancia, que escribir no es perder el tiempo, que pintar no es decorar y
que hacer música no es distraerse; tanto como que conversar profundamente
tampoco lo es. Todo eso es construir ciudad.
Una ciudad comienza
verdaderamente a reconstruirse cuando descubre que ya está implicada en el
futuro que dice esperar. Por eso Corianía no quiere ser una palabra más; quiere
ser la práctica de una manera de vivir con voluntad de hacer, que busca que Coro
vuelva a sentirse capaz de producir un mundo nuestro: el de estas calles, con
este viento y esta luz que en las tardes parece inventar otra arquitectura
sobre las fachadas.
Hay que transformar el Coro de
los Médanos, que tienen la insolencia de cambiar de forma sin pedirle permiso a
nadie, que tienen el mar cercano y que, con la tierra seca y contra toda
lógica, insisten en florecer. Coro de nuestras casas. El de nuestros patios. El
de nuestra manera particular de hablar, de reírnos de la desgracia y de seguir
adelante, porque también en eso hay una inteligencia.
Es hora de que sepamos que una
ciudad no es solamente aquello que construyen sus arquitectos; es también
aquello que sus habitantes consiguen imaginar cuando las cosas no salen como
esperaban y, por cierto, nosotros hemos imaginado bastante.
Ahora toca hacer. Santa Ana de
Coro llega a sus quinientos años con una pregunta abierta. No es una pregunta
sobre el pasado; es una pregunta sobre nosotros. ¿Qué vamos a hacer con la
ciudad que recibimos? Cabe decir que podemos convertirla en una reliquia y
lamentarnos de sus heridas. También podemos discutir eternamente quién tuvo la
culpa y esperar que algún héroe venga a resolverlo todo. O podemos hacer algo
mucho más difícil y mucho más hermoso: comenzar.
Comenzar modestamente: publicar
un libro, iniciar un taller, abrir una exposición, llenar la ciudad de
conversaciones y de jóvenes que descubren que también tienen buena voz.
Comencemos con una de nuestras ancianas que cuenta una historia y alguien que decide
escribirla. Comencemos con una plaza donde vuelva a ocurrir algo, con una
editorial que publique y una red que acompañe.
Comencemos con una ciudad que
puede volver a sentirse y reconocerse muy capaz. Así comienzan las grandes
cosas: no con estruendo. Como las cosas buenas y nobles, a veces comienzan casi
en secreto, como comienza el alba.
Quizá los próximos quinientos
años de Coro deban comenzar así, sin grandilocuencia, sin miedo, pero con
belleza, trabajo y mucha imaginación, cargada con esa extraña mezcla de
terquedad y alegría que permite a los pueblos continuar.
Ciudadanos de Mariana: los
próximos quinientos años no están escritos en ninguna losa definitiva; los
estamos escribiendo ahora. En este papel, en esta hora y en una mesa. En una
conversación o en el taller donde alguien aprende un oficio. En el verso que se
ensaya frente al viento, o tal vez en el libro que todavía no ha encontrado
editor. Tal vez en la pintura que todavía no tiene pared o en la música que
todavía busca escenario.
Corianía de Mariana, los próximos
501 años comienzan en la idea que alguien guarda porque teme que sea demasiado
grande. Hay que decirle a esa idea que salga, que se arriesgue, que camine, que
encuentre otras ideas, que se equivoque, que vuelva. Como la gente normal —o
mejor aún—, que se atreva y que haga obra. ¿Por qué? Porque una ciudad no vive
solamente de lo que conserva; vive de lo que consigue crear. Y si alguna vez,
dentro de cien, doscientos o quinientos años, alguien vuelve a mirar hacia este
comienzo, quizá no encuentre una ciudad perfecta —ninguna ciudad digna de ese
nombre lo es—, pero sí pueda reconocer algo más importante: que hubo un momento
en que unos cuantos corianos decidieron que el futuro no sería únicamente
aquello que les sucediera, sino que decidieron participar en su creación.
Eso es La Corianía, téngase
claro. No es nostalgia y es mucho más que cualquier cosa que usted conozca,
pero, sobre todo, no es una consigna. Es una voluntad y la mejor forma de amor
a Coro. Al final, es una decisión de crear. Cumplir 500 años no es haber
llegado al final de una historia; es haber aprendido, por fin, a comenzar otra.
Coro, 06 octubre de 2026.
Los siguientes 501 años comienzan ahora.
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