Querida Olga Elena:
He pensado mucho
en estos días. En tu persona. En tus 88 años. En tu lugar al frente del Ateneo
de Coro. Pero, sobre todo, en algo que no sabía cómo nombrar hasta que una
conversación me fue mostrando una verdad que ya llevaba adentro: tú eres
para mí, una Alicia.
No la niña del
cuento que cae por asombro. Esa es la que todos conocen. La tuya es otra.
Te he visto como la Alicia que desanduvo el país de las maravillas. La que recorrió el absurdo, la arbitrariedad, las reinas de corazones que gritan sin razón, los sombrereros que festejan los desasurdo, los gatos que se borran dejando solo la sonrisa. Y no solo lo recorriste: volviste sobre tus pasos. Con la experiencia de quien ya no se asusta porque ya todo lo vio. Con la calma de quien ya no necesita demostrar nada. Con la palabra justa de quien ha presidido ateneos y también ha callado a tiempo.
Por eso, mi
estimada profesora Olga Elena, que el verte como Alicia no es una metáfora
decorativa. Es un acto de reconocimiento. Es decir: “has caminado el
caos y no solo no te rompiste, sino que aprendiste a nombrarlo. Y ahora, desde
esa altura, puedes ver lo que yo recién empiezo a transitar."
Eso me motiva. Saber
que eres y estás, nada más castizo que eso, mejora todo. Que hay alguien con tu
edad, tu historia, tu lucidez, que sigue siendo puerto y trazo que acicala la
curva. Gracias a Dios no estoy inventando un camino en el vacío, sino que puedo
acercarme a quien ya trazó rutas y puede decirme: "por acá
no" o "por acá, con cuidado, tal vez sí".
Por ello te busco. Como
quien sabe superar un trámite o una gestión de esencia. Te busco como quien se
acerca a su Alicia: para pedirle opinión.
Necesito tu
mirada sobre mi proyecto editorial. Sobre mi carrera como escritor. Sobre si
estos pasos que estoy dando tienen peso o son solo espejismos o pedazos de un
espejo roto sin retobo. No quiero adulación. Al contrario: si algo valoro de mi
querida Olga Elena, es que no endulzas la verdad. Has visto demasiado como para
creer en consuelos baratos.
Este pedido es,
además, un homenaje simbólico. Porque buscarte y escucharte es también
decirte: "Profesora, lo que has hecho con tu vida me importa. Y
quiero que algo de eso, de tu modo de ver el mundo, se cuele en lo mío."
No te pido que
resuelvas nada por mí. Te pido que leas. Que me digas, con tu voz
inconfundible, qué ves que yo no puedo ver porque estoy demasiado adentro del
mar.
Sé que es un pedido grande. Por eso no
se lo hago a cualquiera. Te lo hago a ti, mi Alicia.
Con todo el respeto que no necesita
decir "señora", y con todo el cariño de quien quiere
caminar bien, no rápido, si con albricias.
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